Pesadilla

Abrí los ojos lentamente. Me encontraba sentado sobre una mullida y húmeda superficie, que resultó ser musgo. Miré hacia arriba, las densas copas  de aquellos inmensos arboles que me rodeaban se elevaban al cielo, algunos rayos de sol se colaban entre los resquicios de las más altas y iluminaban el bosque. ¿Cómo había llegado hasta allí? Hice un gran esfuerzo ,en vano, no recordaba nada anterior a aquello. Entonces me di cuenta  de que algo frío, duro y afilado me punzaba en la mano derecha la abrí lentamente, una pequeña placa metálica yacía sobre mi palma abierta, la había cogido tan fuertemente, que ni siquiera me había dado cuenta del dolor, y pequeñas gotitas de sangre se escurrían entre mis dedos. ¿Cómo había llegado aquel extraño objeto a mi mano? ¿y con qué propósito? Me quedé encandilado mirándola, viéndola relucir sobre mi mano, al fin me levanté. Pero no estaba solo, sentada sobre el musgo, una mujer joven me daba la espalda. Se giró lentamente y me habló con una voz casi celestial:
-¿Lo has encontrado?- Y yo le tendí aquella pequeña placa de metal, y nada más, ni siquiera supe porque lo hacía.
-Bien. Ahora intenta recordar porque estás aquí. ¿Recuerdas haber salido una noche muy ebrio  de la taberna a la que sueles ir después de la cena?
-Un pequeño destello iluminó ni mente, mis ojos relampaguearon escasos segundos, suficiente como para que ella se diera cuenta de que empezaba a recordar.
-Llegaste a tu casa y ella te estaba esperando, se puso pesada contigo y discutisteis, y tú solo pensabas en poder llegar al dormitorio. ¿No es así?- Asentí levemente y temí que algo horrible se avecinaba, aunque su voz permanecía serena.
-La agarraste del pelo, la golpeaste contra la pared, ella gritó que la dejaras que le estabas haciendo daño que estaba asustada, pero estabas cegado por la ira. No paraste a tiempo.-Me desplomé sobre el suelo, las lágrimas corrían por mis mejillas como riachuelos de primavera, lo recordé todo, ya no hacía falta que aquella mujer hablara, las imágenes se iban formando claramente en mi mente. Ella gritando, mis manos manchadas de su sangre tibia, ella cayendo al suelo, inerte y su mirada vacía y sin vida. Permanecí largo rato agachado, pensando en aquella atrocidad. La voz de aquella mujer me sacó de mi ensimismamiento. Me desperté acalorado. Estaba sudado, los rayos de sol entraban por la ventana abierta y iluminaban sus cabellos finos como la seda. Salté de la cama. ¿Había sido un sueño? Desde luego parecía muy real, pero era imposible que yo cometiera un acto tan brutal contra la mujer que amaba. No me preocupé demasiado, y para la hora de cenar ya lo había olvidado todo. Después de la cena fui al bar como cada día. Cuando me quise dar cuenta estaba camino de casa totalmente ebrio. La cabeza me daba vueltas, en mi bolsillo algo frío me quemaba la piel, lo saqué y pude comprobar para mi horror que era la pequeña placa de metal que había encontrado en mi sueño, estaba muy borracho y no podía pensar con claridad. Llegué a casa, y abrí la puerta lentamente, rezando para que ella no estuviera esperándome de pié junto a la escalera, di la luz, y allí estaba ella, todo era igual que en mi pesadilla. Y como era de esperar discutimos muy fuerte, y yo la agarré del pelo y la tiré contra la pared. Nunca me había estado tan fuera de mi. Gritó que le hacía daño, que parara de un vez, que estaba asustada, cayó al suelo sollozando débilmente, magullada, y al ver su rostro desencajado, un pequeño resquicio de inteligencia brilló en mi mente, aquel rostro al que yo tanto amaba, ¡que le había hecho!  Saqué una pequeña pistola de mi bolsillo, apreté el gatillo, ¿Qué sentido tenía si la mataba? jamás podría vivir sin ella. Sonó un disparo sordo, más sollozos, y mi cuerpo inerte cayó hacia adelante. Ella gritó. Pero yo comprendí que jamás podría haber existido un mundo para mí donde ella no estuviera.

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